Hay mañanas en las que la alarma no te regresa a la vida, sino que te expulsa de otra. Abres los ojos y la habitación parece una escenografía falsa. El techo es el mismo de siempre, pero el aire pesa diferente, sabes que tuviste uno de esos sueños extraños, de los que no dejan imágenes claras, sino un veneno sutil teñido de nostalgia, miedo o una tristeza inexplicable.
El verdadero problema de la noche no ocurre mientras duermes. El verdadero problema despierta contigo y se sienta a tu mesa a desayunar, caminas por la calle con una sensación de desconexión absoluta que nadie más nota. Te hablan, sonríes por inercia y respondes en automático. Es la huella de una historia que tu mente escribió a tus espaldas, un misterio que se niega a desvanecerse con la luz del sol.
Las deudas que pagamos despiertos
Me inquieta pensar por qué la mente insiste en construir estos escenarios que nos atormentan. Tal vez el silencio de la noche le quita la máscara al cansancio acumulado de los días, guardamos dudas, ausencias y temores en rincones oscuros mientras caminamos entre la prisa diaria. Luego todo eso toma forma de sueños extraños que exigen una respuesta que no tenemos. Es un recordatorio perturbador de que no controlamos del todo lo que llevamos dentro.
Al final del día, ese malestar constante solo confirma lo inevitable. Estamos vivos, somos frágiles y habitamos un universo interno mucho más vasto de lo que nos atrevemos a admitir.

