Los reality shows mexicanos ya no reclutan participantes: reclutan agresores.
Desde el año pasado, la tele mexicana descubrió su fórmula favorita: meter a un hombre señalado por violencia contra mujeres a un reality, ponerle luz bonita y esperar a que el público lo adopte como “el bueno de la casa”. La Casa de los Famosos México (temporadas 3 y 4), La Granja VIP y La Mansión VIP han hecho de esto una línea editorial. Adrián Di Monte carga siete carpetas de investigación por violencia de género en la Fiscalía de CDMX. Eleazar Gómez estuvo preso por violencia familiar equiparada. Naim Darrechi acumula denuncias, una orden de captura vigente en España y una carpeta abierta por discriminación. Masad Al-Tamimi tiene dos denuncias de exparejas, una con medidas de protección. Cuatro nombres, cuatro producciones, un mismo manual: dales cámara, edítalos como payasitos entrañables y que la audiencia haga el resto.
Y el resto lo hacen las FIONAS: Fulanas Imponiendo Opiniones Normalizando Agresiones, séquito que los defiende con el corazón (y sin argumentos) mientras el montaje los presenta como niños indefensos, graciosos, “incomprendidos”. Ni carisma, ni talento, ni personalidad, y de belleza ni hablamos: Masad con esa cara de cirugías en Uncanny Valley no da para tanto ampáyer. Pero ahí está la producción, sosteniéndolos como si fueran el activo más valioso del programa.
Mientras tanto, a las mujeres del elenco se les cobra cada gesto de dignidad. Ninel Conde y Dalila Polanco, criticadas por no seguir el guion del “romance” en LCDLFMX3. Karina Torres y Brianda Deyanara, señaladas por poner límites ante comentarios clasistas y machistas, como los que Masad soltó contra “Ese” Pérez y contra la propia Karina. Ellas se defienden y son “conflictivas”; ellos agreden y son “personajes queribles”. Esa asimetría no es casualidad, es diseño de producción.
Lo peligroso no es solo que estos hombres estén en pantalla: es que cada semana la tele les regala una idealización que ninguna denuncia, ninguna carpeta abierta, logra opacar. Se sigue premiando el morbo sobre la memoria de quienes los señalaron. Y no, esto no es cuestión de “opiniones personales” del público: es una maquinaria mediática entrenándonos, entrega tras entrega, para aplaudirle a un violentador antes que a la mujer que se atrevió a hablar.

