¿Te has fijado que encontrar una sandía con semillas ya parece reliquia de museo? No es un milagro de la ciencia ni un favor para que no batalles comiendo, compa. Es el negocio más cínico del agronegocio y te lo vendieron con envoltura de supuesta modernidad.
La naturaleza cometió un gravísimo error de diseño para el capitalismo voraz (hizo que la comida se reprodujera sola y completamente gratis). Si compras un jitomate criollo en el tianguis, le sacas las semillas, las echas a la tierra del patio y les pones agua, tienes cosecha sin soltarle un solo peso partido por la mitad a nadie. Para los dueños de las corporaciones agroquímicas, eso no es abundancia, es una fuga de dinero intolerable que urgía tapar.
Por eso inventaron la fruta sin pepitas y las semillas híbridas. Te pintan la sandía pelona y la uva lisa como el colmo de la comodidad para el consumidor flojo, pero la verdadera trampa fue volver estéril al campo entero. Los sociólogos le llaman acumulación por desposesión (básicamente privatizar lo que antes la tierra regalaba). Al cosechar frutos que no dan semilla fértil, el campesino queda amarrado del cuello y tiene que ir agachado cada año a comprar costales nuevos al mismo monopolio.
Es la mera obsolescencia programada pero metida en tu refrigerador. Y el golpe viene por partida doble, porque estas plantas de laboratorio son tan remilgosas que no aguantan una plaga común sin los pesticidas que casualmente vende la misma empresa que te vendió la semilla. Te dan una planta indefensa y luego te cobran el veneno a precio de oro. Es la misma treta que venderte un coche que solo enciende con la gasolina carísima de su propia gasolinera.
Un grupito de consorcios globales se adueñó de la comida del mundo. Mientras la gente aplaude en el súper porque no tiene que escupir pepitas, el sistema nos quitó la autonomía frente a nuestras narices. Cambiamos la fertilidad natural por fruta aguada y una suscripción forzosa para poder comer. Negocio redondo (y nosotros bien contentos pagando la factura).

