” Todo bien” son palabras que hemos usado tantas veces que ya ni sabemos si las decimos por costumbre o porque intentamos convencernos de que así es.
Puedes estar teniendo el peor día de tu semana, querer apagar el celular, meterte debajo de las cobijas y no hablar con absolutamente nadie, pero alguien pregunta, “¿Estás bien?” y automáticamente sale el clásico: “Sí, todo bien”.
Vivimos en una época en la que hasta nuestros malos días parecen tener que verse bien, subimos una foto sonriendo, una canción que parece decir exactamente lo que sentimos y una historia con alguna frase tipo “todo pasa”, mientras hace cinco minutos estábamos cuestionando absolutamente todas nuestras decisiones.
Y no necesariamente porque queramos engañar a los demás, a veces simplemente no queremos explicar. Porque decir “no estoy bien” puede abrir una conversación para la que no tenemos energía, después viene el “¿qué pasó?”, “¿por qué?”, “¿estás segura?”, y de pronto tienes que explicar algo que ni tú sabes cómo explicar.
También está el miedo a parecer débiles.
Nos hemos acostumbrado tanto a escuchar que hay que ser fuertes, positivos y echarle ganas, que hasta estar mal parece algo que tenemos que justificar, como si sentirnos cansados, perdidos o simplemente no tener un buen día fuera una falla que tenemos que corregir rápidamente, en lugar de tomarlo como algo que también forma parte de nosotros y es ahí cuando aprendemos a contestar “todo bien” incluso cuando no.
Y quizá lo más extraño es que muchas veces ni siquiera nos damos cuenta de cuánto aparentamos. Contestamos mensajes con un “JAJAJA”, salimos, hacemos planes, nos tomamos fotos y seguimos con nuestra rutina mientras por dentro estamos intentando ordenar todo lo que sentimos. Pero tampoco se trata de contarle nuestros problemas a cualquiera, no tenemos que convertir cada conversación en una confesión, ni explicar nuestra vida cada vez que alguien pregunta cómo estamos.
A veces simplemente no queremos hablar, y también está bien.
El problema aparece cuando fingir que estamos bien se vuelve tan automático que hasta nosotros mismos terminamos creyéndonoslo. No siempre tenemos que estar bien, es válido tener días en los que sentimos que no, y quizá reconocerlo no nos hace menos fuertes, quizá solo nos hace más honestos.
Sin frases motivacionales, sin fingir que mañana despertaremos con la vida resuelta y sin esa necesidad de demostrarle a todo el mundo que estamos perfectos.
Porque, al final, nadie está bien todo el tiempo.

