Pasa constantemente que alguien comete un fallo en el trabajo, en la escuela o en la calle y lo vemos al instante. Lo señalamos, nos quejamos, opinamos sobre cómo debió haber actuado, y hasta lo contamos, pero, cuando somos nosotros quienes se equivocan, la reacción cambia. En lugar de reconocer nuestro error, buscamos excusas, culpamos a alguien más o simplemente nos justificamos.
Vivimos atados a exigencias internas pesadas, nos hace interpretar el fallo como un fracaso personal y no como algo humano. Tememos dar una imagen de debilidad o perder la aprobación de la gente.
Desde pequeños nos han enseñado a asociar la equivocación con el castigo, la culpa o la vergüenza. Crecimos en un entorno donde fallar restaba puntos y acertar traía premios.
Lo importante no es la equivocación en sí, sino cómo lo procesamos en nuestra mente, en esto influyen mucho el perfeccionismo y el ego, algunas veces el perfeccionismo exige un estándar muy irreal donde equivocarse no es una opción. Por otro lado, un toque de narcisismo o de orgullo nos hace querer mantener una imagen impecable ante los demás, a nuestro ego le cuesta admitir que no siempre tenemos la razón.
Para quienes viven atrapados en el ego o el perfeccionismo, reconocer un fallo se siente como una derrota intolerable. Preferimos defender una postura antes que perder el control. Es irónico lo rápido que vemos el error ajeno y lo ciegos que nos hacemos ante el propio, aceptar nuestros errores es bajarse del pedestal, requiere más fuerza reconocer una falla propia que señalar con el dedo la de los demás.

