Aquel que salió de su vientre la ha condenado.
Su llanto ha ignorado,
su sentir ha pisoteado.
A quienes un día lo cuidaron como su hijo,
él ha matado, ha torturado sin pensarlo, el miedo ha sembrado.
Y al caer la noche,
encadenada y con temor, le suplicó dejarla ir.
Pero él tenía el corazón marchito;
los lamentos de su madre
no eran más que una cacofonía
que ansiaba silenciar por la eternidad.

