Cotidianidad compartida (hábito sin destino)

El café suspendido en su tibieza
no me quemaba la lengua.

El pan apenas tocado por el fuego.

Te aprendí temprano:
el cigarro detenido entre tus labios, cigarros, uno tras otro.
La venta abierta aunque invadiera el frío de la mañana.

El peso exacto de tu cuerpo sobre el mío
o el mío sobre el tuyo.

No compartíamos domicilio
compartíamos la cama, nuestra piel.

Respiraciones ajustándose sin pedir permiso.

No sabíamos que el cuerpo estaba aprendiendo una forma.

No vivíamos juntos, vivíamos eso.

Ya no caes más tú en mí, es la mañana la que reposa en soledad este cuerpo.

Extraño el peso, ese calor ajeno.

La repetición exacta de esta cotidianidad compartida, ese gesto que calmaba.

Ya no son dos tazas
ya no hay que aguardar un espacio;
aquel vaso con nuestros cepillos de dientes, es un fantasma.

Esperar un hombro, una espalda que ya no llega, me duele el cuerpo de pensarlo.

Me hiere no poder volver a entregar el cuerpo así.

Temo no volver a ser habitada de esa forma tan sofocante, tan agradable.