Etiqueta: POESÍA

Versos, rimas y lírica urbana. La voz que corta.

  • El tabaco en ti

    El tabaco en ti

    Lo bien que huele el tabaco en ti.

    Se disfraza en toques de canela, miel, pétalos, sándalo, gardenias y yo tan esotérica.

    ¿Me detestas?
    ¿Cómo curo esto?
    Será qué te beso, ¿que te hago el amor?
    ¿Qué te toco?, te calo los huesos de nuevo, ¿qué se yo?

    He sentido hundirme en tus ojos blandos, me evapore en uno de tus cigarros,
    disparaste mi figura en un soplo de humo, me perdí, como siempre, me voy en el aire.

    ¿Será tu extraño nombre?
    ¿o tu forma extraña de pronunciar mi nombre?

  • Mi alma lo amara

    Mi alma lo amara

    Solo pude ver su sangre caer,

    el despojo de sus venas, sus sentires y de su libertad.

    La pena ha llegado y no se puede hacer más;

    cansada se encuentra, su llanto era imparable y su interior un mártir.

    Pero la muerte la ha encontrado, su nombre ha susurrado,

    y en ese susurro no hay pecado, sino una chispa de vida.

    Intenta calmar la destrozada alma de una madre,

    y por un breve momento

    por una sola vez más,

    logra ver la bella luz del alba que un día logro ver con su hijo.

  • Y me condene

    Y me condene

    A las 6 de la mañana

    cuando el sol aun no se asomaba

    y la noche aún no se ocultaba

    jalaron sus cadenas,

    aún le temen.

    Aquel a quien ella un día llamó “hijo” dicto su sentencia

    mientras el pueblo reía de ella sin piedad.

    Postrada en el cadalso, con el alma destrozada, una fría mirada y el llanto en la garganta,

    exordio una voz cálida y rota; un lamento ante la ignorancia de esa gente que condenaba la razón, lo nuevo y el placer de vivir.

  • Epifanía en el cuarto desarmado

    Epifanía en el cuarto desarmado

    El cuarto desarmado,
    apenas dos horas de sueño.
    Respirábamos hostilidad y
    una lucidez brutal;
    nos desnudamos el temperamento, nos arañamos la paciencia.
    Nuestras manos crispadas,
    las pestañas mojadas.


    Ya sé qué viene después: el derrumbe, el silencio pesado y espeso, esa distancia que nos muerde; y aún así el abismo me es promesa.

    Tenemos la solemnidad de dos adictos.

    Quiero quemarme contigo, hasta que no quede nada más que incendiar; solo quiero seguirte espiando por la puerta rota de tu cuarto, encontrarte en verano, mojado, fumando, esperando, esperándome.

  • La luna y yo

    La luna y yo

    Conversando con la luna, me veo.
    Ella es mi reflejo.
    Se disfraza de espejo cuando en el balcón me siento.
    Le da momentáneamente el brillo que a mis ojos le robaron cuando la veo.

    Lloramos estrellas, (fugaces por suerte), cosa de una noche.
    Fiel amante de mis más crudos reproches.

    Juro que cuando amanece, deja ausencia en mi día,
    espero toda la noche para seguir con ella.

  • Aunque me odie

    Aunque me odie

    Aquel que salió de su vientre la ha condenado.

    Su llanto ha ignorado,

    su sentir ha pisoteado.

    A quienes un día lo cuidaron como su hijo,

    él ha matado, ha torturado sin pensarlo, el miedo ha sembrado.

    Y al caer la noche,

    encadenada y con temor, le suplicó dejarla ir.

    Pero él tenía el corazón marchito;

    los lamentos de su madre

    no eran más que una cacofonía

    que ansiaba silenciar por la eternidad.

  • Cotidianidad compartida (hábito sin destino)

    Cotidianidad compartida (hábito sin destino)

    El café suspendido en su tibieza
    no me quemaba la lengua.

    El pan apenas tocado por el fuego.

    Te aprendí temprano:
    el cigarro detenido entre tus labios, cigarros, uno tras otro.
    La venta abierta aunque invadiera el frío de la mañana.

    El peso exacto de tu cuerpo sobre el mío
    o el mío sobre el tuyo.

    No compartíamos domicilio
    compartíamos la cama, nuestra piel.

    Respiraciones ajustándose sin pedir permiso.

    No sabíamos que el cuerpo estaba aprendiendo una forma.

    No vivíamos juntos, vivíamos eso.

    Ya no caes más tú en mí, es la mañana la que reposa en soledad este cuerpo.

    Extraño el peso, ese calor ajeno.

    La repetición exacta de esta cotidianidad compartida, ese gesto que calmaba.

    Ya no son dos tazas
    ya no hay que aguardar un espacio;
    aquel vaso con nuestros cepillos de dientes, es un fantasma.

    Esperar un hombro, una espalda que ya no llega, me duele el cuerpo de pensarlo.

    Me hiere no poder volver a entregar el cuerpo así.

    Temo no volver a ser habitada de esa forma tan sofocante, tan agradable.

  • Querido Edén:

    Querido Edén:

    He pensado, a orillas del río triste, mi destino.

    He buscado lo que me falta

    al beber de tus aguas frías

    y me he enamorado de esta gente de abajo

    que, aún presa de la gente de arriba, se rebela.

    Pero el Edén, poco a poco, ha sido arrancado;

    uno a uno han ido cazándolos

    por ayudar,

    por amar,

    por saber,

    por poseer conocimiento, eso que la gente teme y condena sin piedad.

    Mi llanto ya no puedo retener más.

  • Granada

    Granada

    Mis frágiles labios se abren cual granada;
    hablan y sangran, besan con carmesí los lugares que aman.
    No sé si son solo mis labios o soy toda yo, granada…

    Me parto sin permiso, en cada mordisco,
    salpico, lánguida pero roja, incómoda.

    Ser lasciva es una máscara, piel de granada;
    de verdad quiero ser amada, por debajo de mi llamativo tono,
    por los arilos que rodean mis virtudes y mi venustidad.

    No fui hecha para cerrarme, estoy aquí para derramarme,
    mi ternura sangra en círculos,
    mi fulgor se precipita en manos que no siempre saben sostenerme.

    Desperté convertida en una granada,
    no era un sueño; si he de vivir que sea en este rojo indómito.
    Nací para ser granada.

    GRANADAS. Celia Castro
    [Óleo sobre madera, naturaleza muerta].
  • Encontré otros placeres

    Encontré otros placeres

    Al pasar los años, vestida con hermosas joyas,

    elegante y con modales finos,

    danzó con tantos hombres como quiso.

    Los encandiló con sus hablares,

    los provocó al rozar sus manos.

    Sin querer, vio a este ser desde la alcoba;

    cruzaron miradas,

    huyó con temor.

    Él la alcanzó, tomó su brazo sin temor

    y, con miedo, la llevó al que llaman Edén.

    Con gente como ella,

    que se permite sentir el deseo sin culpa,

    el llanto atorado en la garganta, el amor que arde,

    las risas ante el dolor y su nostalgia.