Y me condene

A las 6 de la mañana

cuando el sol aun no se asomaba

y la noche aún no se ocultaba

jalaron sus cadenas,

aún le temen.

Aquel a quien ella un día llamó “hijo” dicto su sentencia

mientras el pueblo reía de ella sin piedad.

Postrada en el cadalso, con el alma destrozada, una fría mirada y el llanto en la garganta,

exordio una voz cálida y rota; un lamento ante la ignorancia de esa gente que condenaba la razón, lo nuevo y el placer de vivir.