Epifanía en el cuarto desarmado

El cuarto desarmado,
apenas dos horas de sueño.
Respirábamos hostilidad y
una lucidez brutal;
nos desnudamos el temperamento, nos arañamos la paciencia.
Nuestras manos crispadas,
las pestañas mojadas.


Ya sé qué viene después: el derrumbe, el silencio pesado y espeso, esa distancia que nos muerde; y aún así el abismo me es promesa.

Tenemos la solemnidad de dos adictos.

Quiero quemarme contigo, hasta que no quede nada más que incendiar; solo quiero seguirte espiando por la puerta rota de tu cuarto, encontrarte en verano, mojado, fumando, esperando, esperándome.