Lo veía sonreír,
era un martirio para mi ,
aquel que un día me amó, me hirió por su placer.
Restregaba su beber, su bailar,
se gozaba sin parar,
y mi llanto reprimía; mi querido niño me necesitaba.
Poco a poco,
y de manera instantánea,
odié este pueblo cegado a la empatía, que se encubre en rezos y plegarías falsas
Aún con todo este fuego que se expande en mi pecho,
quería abrirles los ojos,
quitarles la ceguera que ellos mismos se pusieron.

