¿Cuántos de nosotros creemos que este mundo es injusto? Vemos ganar a quien no debería ganar, vemos sufrir a quien no lo merece.
Los superhéroes habrían cansado rápido si todos hubieran seguido la misma fórmula (capa, discurso, final feliz). El mal no necesita máscaras ni supervillanos, su peor versión siempre se esconde en la rutina cotidiana.
Matt Murdock es un abogado de Hell’s Kitchen, uno de los barrios más golpeados y cínicos de Nueva York, de día defiende la ley en los tribunales y de noche se convierte en Daredevil, el vigilante que no elige entre justicia y violencia, elige las dos al mismo tiempo.
De niño, un accidente con residuos químicos le quitó la vista, pero le agudizó el resto de los sentidos. Su padre, Jack, era un boxeador que se ganaba la vida perdiendo peleas por encargo.
Lo único que Jack le pidió a su hijo fue que estudiara y se alejara del boxeo. Irónicamente, fue él quien rompió su propia regla al negarse a perder un combate arreglado, lo que le costó la vida.
A los nueve años, el propio Matt tuvo que reconocer el cuerpo de su padre. El funeral fue en una iglesia católica, la misma donde todavía se confiesa.
Bajo la máscara, también hay un cristiano practicante, pero su fe no lo redime, lo obliga a dudar. Es un católico que golpea con los puños las mismas preguntas que no puede responder de rodillas.
No pelea porque haya perdido la fe, pelea porque todavía le queda algo de ella. Se acerca peligrosamente a jugar a ser Dios, sí, pero también es el único dispuesto a quedarse cuando todos los demás se fueron.
Él mismo resume su contradicción moral mejor que nadie cuando dice:
“Me criaron para creer en la misericordia. Pero también me criaron para creer en el castigo.”
Por eso se viste de rojo carmesí y se coloca unos cuernos que rozan la iconografía demoníaca, no para asustar al inocente, sino para que el culpable sepa que ya no está solo en la oscuridad.
Hell’s Kitchen no lo eligió, pero Daredevil no protege un barrio ajeno, protege las calles donde caminaba junto a su padre. Y en un barrio donde las iglesias cierran sus puertas al anochecer pero el crimen nunca descansa, solo queda una certeza:
En los lugares donde no encuentras a Dios, está el Diablo de Hell’s Kitchen.

