El asunto de “farmear aura” empezó como un chiste tonto de internet y de pronto ya teníamos a decenas de jóvenes en plazas y explanadas haciendo poses tiesas para sumar puntos imaginarios de respeto. La premisa es tan ridícula como reveladora: agarrar el carisma, la presencia o simplemente el porte de alguien y meterlo en una tabla de cálculo mental donde un tropiezo te resta cinco mil puntos y una mirada fija te suma diez mil.
La palabrita misma lo delata todo: farmear. En los videojuegos, farmear es hacer la misma tarea monótona y repetitiva durante horas con tal de acumular recursos ficticios. Que hayamos trasladado ese término a la vida cotidiana demuestra hasta qué punto el sistema nos convenció de que no se puede simplemente existir; ahora hasta la personalidad tiene que rendir cuentas, acumular ganancias y optimizar su rendimiento. Ya no basta con salir a la calle a distraerse; ahora cada gesto se calcula como si fuéramos los gerentes de relaciones públicas de nuestra propia estampa.
Lo interesante ocurre cuando el chiste deja la pantalla y aterriza en el pavimento. En ciudades donde el espacio público ha sido devorado por centros comerciales, franquicias y banquetas intransitables donde parece obligatorio pagar un consumo para tener derecho a sentarse, las explanadas y los parques se vuelven el último refugio. Los círculos de personas que se juntan a competir por “aura” encontraron una forma ingeniosa de neutralizar la vergüenza: si haces el ridículo con total seguridad y en grupo, anulas la burla ajena. Pero la contradicción asoma de inmediato: para volver a habitar la calle, tuvieron que importar las reglas del algoritmo y del espectáculo. Se juntan en persona, pero actúan como si una cámara invisible los estuviera calificando en tiempo real.
Y claro, la maquinaria política no tardó en asomarse para arruinar la fiesta. Ver a dependencias de gobierno y a funcionarios intentando colgarse de la tendencia para invitar a la juventud a “farmear aura” en sus eventos oficiales provoca una pena ajena monumental. Es el intento clásico del poder por domesticar cualquier juego espontáneo, vaciarlo de su absurdo original y convertirlo en propaganda barata para la foto institucional.
Al final del día, lo que incomoda de estas dinámicas no es que un grupo de jóvenes juegue a las poses en un parque. Lo que realmente inquieta es ver cómo la lógica del mercado logró que midamos hasta la dignidad y la gracia humana como si fueran acciones que suben y bajan en una bolsa de valores invisible.

