JUDAI YUKI: EL DUELISTA CAPAZ DE CONTROLAR A LOS ESPIRITUS

“Tenemos el poder de conectar a los humanos con los espíritus de duelo, y de seguro alguien allá afuera necesita de nosotros. Así que viajaremos por el mundo para conocerlos y ayudarlos”.

Un día cualquiera en la tranquila Ciudad Domino, años después de la partida al mas allá del antiguo faraón sin nombre y del mítico torneo Ciudad Batallas, el joven Judai sale de casa, apurado, con nada mas que su disco de duelo y su mazo con sus confiables E – HERO.

Dispuesto a entrar a la mejor escuela de duelos del país, para convertirse en el próximo rey de los juegos. En su camino se topo con una “misteriosa figura” quien le otorgo una carta muy valiosa, el Kuriboh Alado.

Desde pequeño, Judai contaba con un don poco común: la capacidad de ver y hablar con los espíritus de duelo, algo que descubrió por primera vez de la mano del pequeño espíritu peludo, quién terminaría acompañándolo a lo largo de toda su travesía.

Tras derrotar a uno de los profesores más fuertes de la academia como prueba para ingresar, el camino del héroe de Judai no había hecho más que iniciar. Su camino me parece uno muy particular, cuanto menos. Al inicio, lo único que le importaba era enfrentarse a oponentes fuertes y divertirse en sus duelos.

Solo le importaba divertirse y ser el mejor de la academia para, eventualmente, ser el próximo rey de los juegos. Pero a medida que avanzaban los días, las jornadas escolares, y los exámenes, Judai poco a poco tuvo que aprender que no todo era tan sencillo.

Con cada amenaza que asediaba a la academia, con cada duelista que amenazaba su seguridad y la de sus amigos, con cada duelo que enfrentaba jugándose la vida, tuvo que aprender a madurar.
De cada rival, de cada amenaza, de cada duelista aprendió algo nuevo.

De Marufuji Ryo, uno de sus rivales y antiguo mejor estudiante de la academia, aprendió a que siempre habría alguien más fuerte que él. Del espíritu de duelo Kaibaman, a quién pudo ver gracias a su don, y que fue de los primeros espíritus con los que realmente conectó más allá de solo “ver” cartas, aprendió a no temerle a la derrota.

De Edo Phoenix y Johan Anderssen, dos de sus rivales y grandes amigos, aprendió a tomarse las cosas más en serio, ya que, de lo contrario, sus seres queridos saldrían lastimados.

Pero no fue hasta la súbita aparición de Yubel, el espíritu de duelo más importante en la vida de Judai, ligado a él desde la infancia mucho antes que cualquier otro; que Judai termino de aprender esto por las malas.

Ya no se trataba de escuchar a un espíritu que lo guiaba con cariño, como Kuriboh Alado, sino de enfrentar a uno que lo amaba de una forma retorcida y destructiva, forzándolo a aceptar su propia oscuridad interior.

Tras rescatar a sus amigos y fusionar su alma con la de Yubel, Judai regresó a la academia para su último año. Pero ya no era el mismo.
Alejó a sus amigos con la excusa de protegerlos, cada duelo que enfrentaba iba con todo, como si cada duelo fuera el último, como si en cada duelo se jugara la vida.

Se volvió el más fuerte, pero ya no quería ser el Rey de los Juegos. Se volvió el héroe que se encargaba de las amenazas desde las sombras, pero en el camino perdió algo muy valioso. Su razón para luchar, su “origen”.

Tras su graduación, es entonces que Judai se reencuentra y enfrenta al Rey de los Juegos, su ídolo y al espíritu del antiguo faraón sin nombre: Yugi Muto; recuperando en ese duelo aquello que había perdido: Su amor y pasión por los duelos.

Tras un duelo de leyendas, Judai se decide a viajar por el mundo, aprovechando su don de poder hablar con los espíritus de duelo para ayudar a aquellos que lo necesiten. Y es ahí donde su historia se completa.

El mismo don que un día fue apenas una curiosidad infantil, un pequeño Kuriboh guiándolo por diversión, terminó convirtiéndose en el motivo por el que decide recorrer el mundo.

Judai no viaja para ser el más fuerte ni el Rey de los Juegos; viaja porque, tras aprender a escuchar tanto a los espíritus que lo cuidaron como a los que lo hirieron, entendió que ese don nunca fue suyo para guardarlo, sino para compartirlo con quien más lo necesitara.