La música pop contemporánea adopta la estética medieval para escenificar nuestra resignación como siervos atrapados en la trampa del capitalismo tecnofeudal

Hubo un tiempo en que la música pop fantaseaba con el futuro. Ese mañana solía ser cromado, fosforescente y plastificado; prometía que las máquinas y los sintetizadores nos liberarían del tedio terrenal.

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Hoy, en cambio, la vanguardia pop viste cotas de malla, blande espadas oxidadas y posa entre gárgolas medievales para la portada en Spotify.

Bella Poarch invoca pergaminos sacros para promocionar su música; Troye Sivan disfraza de taberna artúrica su último ritual nocturno de club.

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Y no, no es que hayamos encontrado la fe ni que las disqueras se hayan vuelto devotas de la Edad Media. Es, simple y llanamente, que el capitalismo de plataformas nos canceló el futuro.

Bienvenidos al pastiche del siervo digital.

A nivel ontológico, el pop habita una condición fantasmal: lo que Mark Fisher bautizó como hauntología. No estamos creando desde el presente hacia adelante, sino habitando un duelo perpetuo por los futuros que nos prometieron y nunca llegaron. En lugar de parir nuevas formas estéticas, el capital nos condena a convivir con los espectros del pasado. La intertextualidad ya no opera como un diálogo dialéctico entre épocas, sino como un canibalismo descarnado: una digestión ciega donde una generación devora los códigos de la anterior, que a su vez ya estaba masticando los despojos de los años noventa.

Y es que en los noventa pasó exactamente lo mismo. Cuando el pánico milenarista del fin de siglo asfixiaba a la sociedad, proyectos como Era o Enigma cobraban millones empaquetando cantos gregorianos y mística feudal sobre un bombo bailable en cuatro cuartos. Era cosmética para vender evasión en la radio; hoy es cosmética para arañar retención en TikTok.

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El tropo medieval se vende ahora como un antídoto frente a la asepsia digital: la fantasía de lo táctil, de la piedra húmeda y el hierro forjado frente al vómito homogéneo de la inteligencia artificial. Pero la trampa está en el motor. La producción sigue pasteurizada, ultracomprimida y diseñada para rendir cuentas a un algoritmo.

Por eso la armadura medieval no desafía al sistema; es su uniforme más cínico. Vivimos en pleno tecnofeudalismo: un puñado de señores de Silicon Valley son dueños de los servidores y las tierras digitales, mientras nosotros, como siervos precarizados, cosechamos datos y atención gratis a cambio de refugio en sus murallas. Que nuestras estrellas pop salgan vestidas de caballeros o monjes no es una ocurrencia visual; es el inconsciente colectivo asumiendo la derrota ontológica: no sabemos cómo luce el mañana porque el sistema necesita mantenernos atrapados en un presente infinito, sobreviviendo el día a día sin tiempo para imaginar una salida.

Damos un paso hacia adelante en optimización técnica y un paso hacia atrás en horizonte civilizatorio.

Así que alcemos nuestras copas de estaño y sigamos bailando. Total, la peste negra ya está aquí, solo que ahora viene con conexión 5G.