Fumar cigarro volvió a verse cool justo cuando dejamos de creer en el futuro

De pronto, el algoritmo decidió que la vida fitness ya no da vistas . Después de una década atragantándonos con rutinas de skincare de diez pasos, termos gigantescos de agua y la tiranía del “clean girl aesthetic“, el cigarro de combustión regresó a las fotos con flash directo. No volvió por ignorancia médica, porque hasta el morro más despistado sabe que esa porquería te mata, sino por puro agotamiento cultural ante la autooptimización que el neoliberalismo nos metió hasta por los ojos.

Jean Baudrillard lo explicó con precisión cuando hablaba del valor signo y el simulacro. Nadie se clava un cigarro en los labios por el sabor de la nicotina, sino para consumir la imagen de James Dean, de Kate Moss o de una portada indie de dos mil cuatro. El tabaco fue vaciado de su realidad biológica y rellenado con pura nostalgia manufacturada. Además, el vape perdió la batalla del estilo muy rápido. Chupar una memoria USB de plástico fosforescente con sabor a chicle resultó ser demasiado infantil y corporativo. El cigarro de papel y lumbre retiene una mística analógica que, como diría Dick Hebdige sobre el reciclaje de las subculturas, fue arrancada del bote de basura sanitario para convertirla en el accesorio transgresor de turno.

Aquí es donde Pierre Bourdieu nos da en la madre con su concepto de distinción. Cuando el estilo de vida saludable se democratizó y medio mundo empezó a tomar matcha y a subir historias saliendo de pilates, la salud obligatoria dejó de ser un marcador de estatus exclusivo. Las élites creativas, los aspirantes a artistas y la banda pretenciosa de la vida nocturna necesitaban algo para desmarcarse de la masa obediente. La respuesta fue la contradistinción, es decir, abrazar lo sucio, lo tóxico y lo desprolijo como si fuera un lujo aristocrático. Decir “me importa un carajo llegar a viejo” se convirtió en el nuevo fetiche de la sofisticación.

Detrás de toda esta pose late el realismo capitalista del que hablaba Mark Fisher. La juventud actual no fuma porque se sienta inmortal, sino exactamente por lo contrario. En un contexto donde jamás podremos comprar una casa, las condiciones climáticas se están yendo al diablo y el empleo precario nos exprime hasta el tuétano, la promesa higienista de una vejez perfecta suena a chiste de mal gusto. La impotencia reflexiva se traduce en resignación estética. Fumar se consume como un supuesto acto de rebeldía cuando en realidad es solo el mercado reciclando los fantasmas del siglo pasado para vendernos nuestro propio colapso en cajetillas de veinte piezas a sobreprecio.