Hay que tener un nivel de miseria existencial bastante refinado para fingir indiferencia ante una cámara que ni siquiera sabemos si está encendida. Ya no basta con vender la fuerza de trabajo en una jornada miserable; ahora nos autoexplotamos puliendo la pose en la vía pública por puro pánico al ridículo. Nos convencieron de que la dignidad humana es una baratija cuantificable, y ahí vamos todos, derechito al matadero digital, sintiéndonos emperadores cuando a duras penas alcanzamos la categoría de bufones de la corte.
Atrás quedó la ingenua era del capitalismo tardío donde al menos nos pagaban un sueldo por enajenarnos en una fábrica o una oficina. En este flamante tecnofeudalismo, los señores de las plataformas nos cobran derecho de piso por respirar en sus aplicaciones mientras nosotros trabajamos gratis administrando nuestra propia vanidad. En medio de esta estafa histórica apareció la urgencia de farmear aura. El término farmeo, importado de la jerga de los videojuegos, no es más que la repetición mecánica, estúpida y obsesiva de una tarea para inflar un marcador virtual; mientras que el aura, que en el griego antiguo designaba una brisa sutil y que Walter Benjamin teorizó como la autenticidad irrepetible de una presencia frente a la copia masiva, terminó degradada a una ficha de casino para la servidumbre.
La lógica del feudo es tan simple como despiadada. Si vas por la banqueta, te metes un madrazo contra un poste pero finges demencia y sigues caminando como si estuvieras en una pasarela, la turba te perdona la vida sumándote mil puntos de aura. En cambio, si se te nota el hambre de aprobación o cometes el error de mostrar vulnerabilidad, el algoritmo te descuenta quinientos de golpe y te condena a la guillotina de la vergüenza ajena. Convertimos la compostura en una pantomima donde el único mandamiento es jamás parecer desesperado, aunque por dentro te estés pudriendo de ansiedad por encajar.
La ironía es demoledora. No existe nada más ridículo ni con menos aura que sudar frío intentando proyectar que te sobra el aura. Al amo feudal le tiene sin cuidado tu actuación de misterio barato; mientras tú te sientes intocable contando monedas imaginarias de estatus, él monetiza tu neurosis, tus datos y tu tiempo de vida. El aura moderna es el cascabel que le colgaron a los esclavos para que bailen contentos dentro de su propia jaula.

