Lo que aprendimos a amar, sin saber por qué
A esta edad se supone que estamos descubriendo quiénes somos, elegimos lo que queremos toda la vida, hacemos nuevos amigos, tomamos decisiones que en su momento nuestros papás tomaron y empezamos a imaginas cómo queremos que sea nuestra vida.
Y aunque estemos creciendo, seguimos llevando muchas cosas de nuestra infancia, y en mi caso es el fútbol.
Desde muy pequeña acompañaba a mi papá a sus partidos, en ese momento no entendía mucho lo que significaba estar ahí, simplemente era parte de nuestra rutina de cada domingo.
Con el paso de los años comprendí que esos momentos hicieron que el fútbol se convirtiera en algo mucho más que un deporte, no solo aprendí a disfrutar un partido, sino que poco a poco, lo relacione con mi familia, mi infancia y con momentos que hoy recuerdo con mucha nostalgia
Y quizá eso es lo curioso de llegar a los 20, empiezas a mirar hacia atrás de una forma diferente, lo que antes parecía una rutina, ahora se convierte en un recuerdo.
Una cancha, un número, una camiseta o incluso la emoción de esperar un partido pueden transportarte a una etapa en la que no tenías que preocuparte tanto por el futuro.
Hoy sigo amando el fútbol, pero ahora lo vivo de diferente manera, ya no soy la niña que solo acompañaba a su familia a los partidos, ahora entiendo el por qué me emociona, por que me gusta tanto ver partidos y por que me hacen sentir parte de algo.
Crecer no significa que debemos dejar atrás nuestra infancia, a veces significa descubrir cuánto de ella forma parte de nosotros, a los 20 podemos estar preocupados por la uni, el dinero, el trabajo o por no saber exactamente qué queremos hacer con nuestra vida, pero también seguimos siendo esa versión pequeña de nosotros que se emocionaba con cosas sencillas.
Y tal vez eso esta bien.
Por que entre tantas cosas que cambian cuando crecemos, hay algunas que vale la pena conservar.

