Te metes al súper, al cine o al metro y ahí están: las flamantes pantallas táctiles brillando con la promesa de “ahorrarte tiempo”. Nos vendieron la idea de la autogestión como un privilegio del siglo XXI, una especie de victoria sobre las filas lentas y los trámites burocráticos. Pero la realidad es bastante más vulgar. La caja de autocobro no es modernización; es la jugada maestra de un capitalismo corporativo que logró convencerte de trabajar gratis para él, mientras le da las gracias en la pantalla con un diseño súper friendly.
Desde la teoría crítica no hay mucho misterio: Adorno y Horkheimer se darían un tiro si vieran cómo la “industria” ya ni siquiera invierte en personal para mantener la maquinaria operando, sino que aliena al propio consumidor para que ejecute el trabajo operativo. El truco es perfecto. La empresa elimina de un plumazo los sueldos, las prestaciones, las primas dominicales, los finiquitos y cualquier intento de organización sindical. En su lugar, pone un mueble de metal con Windows embebido que no pide vacaciones, no se enferma y se paga solo en un par de meses.
Y la narrativa corporativa, por supuesto, es puro cinismo descarado. Te dicen que “no están despidiendo gente”, sino que “están reubicando al personal en tareas de mayor valor añadido”. Traducido al español de a pie: pasaron a tres cajeros a vigilar que nadie se clave unos chocolates, le recortaron las horas al resto y congelaron las contrataciones indefinidamente. La pérdida de empleo no siempre llega con una carta de despido masivo y cámaras de televisión; llega con la plaza que jamás se vuelve a abrir, con el chavo o la señora que ya no encontraron esa primera oportunidad laboral de entrada porque una máquina de cobrar ahora hace la chamba de cuatro personas simultáneamente.
El colmo del asunto es la transferencia absoluta del esfuerzo. Antes pagabas por un servicio que incluía a alguien cobrando y empaquetando tus compras. Hoy haces la cola, escaneas el código de barras que no lee, te peleas con la báscula porque “detectó un objeto extraño en el área de embolsado”, bolsas tu propia mercancía y, al salir, todavía te ponen a un guardia a revisar tu ticket para dudar de tu honestidad. Pagas el mismo precio por los productos (o más alto, por la inflación), pero terminas haciendo la chamba del empleado al que la empresa ya no le paga.
Nos hicieron creer que apretar botones en una pantalla interactiva nos hace independientes, vanguardistas y ágiles. La verdad es bastante más amarga: la automatización del punto de venta no vino a liberarnos del trabajo pesado, sino a maximizar el margen de ganancia de las grandes cadenas a costa de desaparecer empleos operativos y convertir al cliente en el empleado del mes sin sueldo. La próxima vez que la pantalla te pida evaluar tu experiencia con cinco estrellitas, acuérdate de que acabas de trabajar una jornada de tres minutos para una corporación multimillonaria… y encima le sonreíste a la cámara.

