Al pasar los años, vestida con hermosas joyas,
elegante y con modales finos,
danzó con tantos hombres como quiso.
Los encandiló con sus hablares,
los provocó al rozar sus manos.
Sin querer, vio a este ser desde la alcoba;
cruzaron miradas,
huyó con temor.
Él la alcanzó, tomó su brazo sin temor
y, con miedo, la llevó al que llaman Edén.
Con gente como ella,
que se permite sentir el deseo sin culpa,
el llanto atorado en la garganta, el amor que arde,
las risas ante el dolor y su nostalgia.

