Liturgia del olvido

Qué alivio ya no sentirte aquí, ya no rezar por ti como quien insiste en un dios que no responde.

Qué suaves son las noches desde que te escondiste en otros sueños y el insomnio ya no te pronuncia.

Qué dulce es el café desde que no lo bebo por tu culpa, desde que el amargor volvió a ser solo suyo y no parte también de las palabras que disipan tus labios.

Qué amena es la vida desde que te marchaste con otro amor, a quien vas a destruir;
qué alivio que no será a mí, como quien repite una oración mal aprendida.

Qué alivio no ser la próxima ofrenda.