Si de cuerpos ajenos no se habla se cancela la crítica a la industria que mercantiliza el bienestar físico

Hay una frase que en los últimos años se convirtió en el comodín favorito del internet bienpensante: “de los cuerpos ajenos no se habla”. Suena bonito, suena empático, suena a que por fin superamos la época en la que la tía incómoda te decía que estabas “más chanchito” en la cena de Navidad. Pero como todo lo que toca el capitalismo tardío, una consigna nacida para frenar la violencia individual terminó cooptada por la maquinaria corporativa para blindar su negocio más lucrativo: la insatisfacción corporal programada.

El verdadero problema, tal como Mark Fisher describía con tanta lucidez, es que el realismo capitalista absorbe cualquier disidencia, le quita el filo político y te la revende. Primero nos vendieron el body positive en comerciales de jabón para monetizar la diversidad; una vez agotado ese nicho comercial, el péndulo volvió a la estética de la fragilidad y el vacío. Y lo más perverso del asunto es que ahora usan el lenguaje del cuidado como un bozal para que nadie se atreva a señalar la estructura económica detrás del fenómeno.

Hoy vemos el regreso triunfal de la delgadez extrema en las pasarelas, en las portadas y en los escenarios globales. Nombres como Ariana Grande, Jenna Ortega o Bella Hadid acaparan las conversaciones de redes; unos las atacan con saña y otros las defienden a capa y espada bajo el mantra de la censura preventiva: “¡es body shaming, no opinen!”. Pero reducir esto a un linchamiento personal contra una cantante o una actriz es comprarle completito el truco a la industria cultural.

Como bien advertían Adorno y Horkheimer, en este sistema la individualidad es un espejismo empaquetado. Las celebridades de la cultura pop no operan desde un libre albedrío místico ni deciden de la nada volverse diminutas; son marcas registradas, nodos de distribución de un estándar estético dictado por estudios, firmas de lujo y contratos millonarios que siguen una agenda y te pueden dejar en la calle si no entras en la talla cero. Son, al mismo tiempo, prisioneras y escaparates del capital. La estrella somete su cuerpo a la biopolítica del rendimiento (vía quirófano, dietas imposibles o la moda farmacéutica del Ozempic) porque su fisonomía es su herramienta de trabajo y su valor de cambio en el mercado.

Mientras nos peleamos en Twitter (plataforma a la que jamás llamaremos ‘X’) sobre si es ético o no comentar el físico de una celebridad multimillonaria que cuenta con médicos, nutriólogos y terapeutas privados, la morrita de catorce años es bombardeada por el algoritmo. Hoy, influencers de todo tipo normalizan conductas de riesgo, disfrazándolas de consejos de estilo de vida entre bailes de TikTok. La chavita no tiene un equipo de relaciones públicas que la cuide y enfrenta sola la violencia cotidiana de un estándar inalcanzable operando en su pantalla.

No se trata de auditar ni de juzgar a las personas, sino de desmontar el aparato industrial que lucra con hacer que las mujeres ocupen cada vez menos espacio. Callarnos en nombre de una supuesta corrección política no es empatía, es complicidad con el mercado: por eso, cuando el sistema convierte la carne en mercancía, de cuerpos ajenos sí se habla.